BRUNO: NUEVO MOCKUMENTARY, CINE TRASH, O PERIODISMO POSMODERNO
Creador de Da Ali G Show y Borat, Sacha Baron Cohen vuelve al ataque con Bruno, “la más grande súper estrella austriaca desde Hitler”. Dirigida por Larry Charles, este falso documental ha sido censurado por tener “lenguaje obsceno, escenas homosexuales, sadismo y conducta asocial que puede dañar la moral”. Es la película más gay desde las de Arnold Schwarzenegger.
Su amante, un enano que responde al nombre de Diesel, suele penetrar a Bruno con un pene gigante impulsado por una máquina y luego le da de beber champagne de su trasero. Bruno va a un espiritista para hacer “contacto” con el fantasma de su primer amor: el fallecido Rob Pilatus de Milli Vanilli. Adopta a un niño negro a quien cambió por un iPod en África y bautiza como O.J. Viaja a Jerusalén para entrevistar al ex-agente del Mossad Yossi Alpher y al político palestino Ghassan Khatib y confunde humus con Hamas. Es perseguido por calles del Medio Oriente por usar atuendo ortodoxo y pantalones pegados. En Líbano, entrevista a Ayman Abu Aita, un supuesto terrorista que pertenece al grupo armado Brigada de los Mártires de Al-Aqsa (el cual amenazó de muerte a Sacha Baron Cohen luego de que apareciera el filme).
Estas son algunas escenas de la travesía de Bruno en busca de la fama masiva y el reconocimiento mediático, obsesiones que junto a su declarada y estridente homosexualidad aparecen como una certera fórmula del éxito. La historia, si es que la hay, es la siguiente: Bruno, periodista de modas de una canal de TV austriaco, es despedido luego de irrumpir escandalosamente en un desfile de moda de Milán y su amante lo deja por otro hombre. Despechado, viaja a Los Angeles para triunfar. Mientras desarrolla una atormentada historia de amor con su nuevo asistente (Lutz), su ambición lo conduce a una serie de eventos como los mencionados al inicio. Inspirado por una marcha con carteles de “Dios odia a los maricas”, decide pedir ayuda a un pastor cristiano especialista en convertir a los gay en machazos. Tras una serie de actividades –ir de cacería, practicar karate, hacerse amigo de tipos duros de Alabama–, a los ocho meses emerge un nuevo Bruno heterosexual, bautizado como “Straight Dave”, quien se presenta ante la fauna pueblerina más brutal de Arizona en un gran evento de lucha libre. Pero Lutz aparece para volver a sacar las más eróticas pasiones de Bruno y mostrarlas en público ante este agresivo tumulto homofóbico. Sin contar el final, digamos que la película cierra con una escena memorable: Bruno graba su canción de caridad, “Dove of Peace”, junto con Bono, Elton John, Chris Martin de Coldplay, Snoop Dogg, Sting, y Slash, en la cual, entre otras cosas, pide que Corea del Norte y del Sur dejen de pelear, porque al final de cuentas, ambos parecen chinos.
Sátira reveladora o el límite del mal gusto
La obra de Sacha Baron Cohen ha hecho de lo políticamente incorrecto un estilo. Su principal meta es revelar los prejuicios de la gente poniendo a sus víctimas (ciudadanos de a pie, líderes o famosos) en situaciones incómodas, ante personajes extremos. Borat se burlaba de la ignorante, racista, misógina y violenta sociedad norteamericana, y ahora Bruno –personaje existente desde 1998 cuando apareció en una serie de la Paramount– pretende exponer la frivolidad, el consumismo, el figuretismo, el culto por la celebridad y la homofobia de la cultura popular de Estados Unidos (y del mundo). En este afán, Sacha Baron Cohen también pretende incomodar a sus espectadores—es común que alguna gente abandone los cines antes de la mitad de la película –mostrándoles un ácido espejo, en el cual, la risa nerviosa se mezcla con la vergüenza o la complicidad culposa. Para ello, el actor inglés, educado en historia en la universidad de Cambridge, se vale de un género maleable: el mockumentary o falso documental.
En este afán “documental” resulta interesante que los personajes más famosos de Sacha Baron Cohen cumplan funciones reporteriles: Borat Sagdiyev es un corresponsal de Kazakhstan; Da Ali G es un entrevistador que conduce un talk show y se presenta como “voice of da yoof”; y Bruno es un periodista de modas que inició su carrera en la estación de TV Österreichischer Jungen-Rundfunk de Austria. Todos pretenden –al igual que el periodismo– revelar alguna verdad. O confirmar una sospecha: que vivimos en un mundo donde la mayoría de personas es prejuiciosa y conservadora ante temas básicos (raza, sexo, cultura, drogas, religión) y que eso es estúpido, no merece compasión y deben ser blancos del humor más descarnado.
La película realizada con 42 millones de dólares ha producido reacciones encontradas, pero todas intensas. Por un lado, medios como Rolling Stone comparan el filme con la gran sátira en la tradición de Jonathan Swift: humor crudo, profano, arriesgado, que usa el ridículo para morder a la hipocresía en el culo. Por el otro lado, algunos grupos LGBT (Lésbico-Gay-Bisexual-Transexual) acusan a Baron Cohen de reproducir estereotipos y de mostrar el sexo entre hombres como algo raro, grosero o cómico. El New York Times, lo define como “una extravagante encarnación de un estereotipo tonto y retrógrado de lo gay”, y acusa que las víctimas de las bromas son gente ignorante (blancos sureños, rednecks, o afroamericanos de clase baja), la “cara fea” de Estados Unidos. La BBC dice que Bruno empuja los límites del mal gusto mucho más que Borat. Y el Telegraph lo resume así: “grosera, ofensiva, pero muy, muy graciosa”. Sacha Baron Cohen responde: “ojalá que esta película pueda deshacer todo ese estereotipo negativo de la comunidad gay realizado por Milk”, película basada en la historia del activista de derechos gay Harvey Milk y que fue protagonizada por Sean Penn quien ganó el Óscar a mejor actor.
Fama y cojones
Aunque es cierto que alguna sátira de la homofobia se ha vuelto una manera de humor homofóbico (en el Perú es una marca registrada), ese no parece ser el caso de Bruno. El principal problema de la película es su extensión y su falta de argumento. Sus 81 minutos son una sucesión de divertidas escenas que mejor funcionarían en un formato más corto. El espectador está a la espera de la siguiente intervención de Bruno, pero pierde el interés sobre cuál será el final. Esta carencia combina con la recurrencia de slapstick para llenar huecos narrativos, y en los mejores momentos de ficción quedan al descubierto los préstamos de comedias sobre el mundo de la moda (Zoolander es el referente inevitable).
Pero nada opaca el talento actoral y los cojones de Sacha Baron Cohen, quien, incluso en las situaciones más tensas, se mantiene en el personaje y está siempre dispuesto a llevar la escena un paso más allá. Es en esos insoportables instantes cuando encuentra sus verdades. Pero estos momentos han comenzado a escasear y quizá por eso Baron Cohen ha puesto a descansar a sus personajes. Sabe que la excesiva fama y exhibición mediática que han logrado también juega en contra de su arte. Al mismo tiempo cabe la pregunta de si aún podrá cuestionar el poder y los valores hegemónicos de una sociedad decadente que lo ha convertido en icono. Quizá por eso admitió: “Creo que esencialmente soy una persona reservada, y reconciliar eso con la fama es difícil. Así que he tratado de tenerlo todo, que mis personajes sean famosos y que yo viva una vida normal. Imagino que he sido codicioso”.
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Fernando
te falto la escena donde aparece Paula Abdul y se sienta sobre un inmigrante mexicano para hablar sobre el trabajo humanitario
Ex bloguera, narradora, adicta al chocolate antes que al wiro e hija del presidente de la República, Carla García Buscaglia (Lima, 1975) ha publicado Queloide (Editorial Solar), mezcla de declaración de principios, bitácora íntima y revolución escrita desde la cama en la que proclama: conózcanme por quién soy, por lo que hago y no por mi apellido. No le pide permiso a nadie aunque se sorprende de que nadie le diga: “Oye, fíjate bien en lo que escribes”. Ni desde Palacio.
Recibimos una llamada de la cervecera Brahma con una pregunta a la que era difícil resistirse: “¿Quieren ir a ver los octavos de final del Mundial de Sudáfrica?”. Nuestra respuesta no se hizo esperar: “¿Necesitas que te mandemos una oreja, la cabeza, o basta una fotografía del cadáver?”. –“No, huevas, lo único que tienen que hacer es, primero regresar, y después escribir sobre el viaje”. –“Sale. Lo del muerto te lo ponemos de yapa”. –“Nada de muertos. Solo queremos leer un buen artículo. Nos gusta la revista”. –“Ok. La hacemos. Pero si algún día tienes un problema o quieres sacarte a alguien de en medio, no te preocupes, eso ya está pagado”. - “Tú-tú-tú…”. –“¿Aló?... ¿Aló?...”.
Ha pasado de representar a Susú, la joven pinky de Al Fonfo hay Sitio, que vive en un mundo superficial, a una amante bastante fría, dura y calculadora. La vida le ha dado su mejor papel: el de una actriz y madre a la vez.
Fue nuestra portada hace tres años, cuando aún no se había casado con el director Frank Pérez Garland. Hoy repite el plato, acompañada por Daniela Sarfati. Ambas comparten roles en la obra El celular de un hombre muerto. La tecnología no es lo suyo, pero duda que pueda sobrevivir sin un celular.
Cayó en Estados Unidos a los 4 años solo para darse cuenta de su error fatal: entre los barrios bajos neoyorquinos se perdió en las drogas, el crimen y el alcohol, pero también encontró (y forjó) un talento innato para la escritura. Así, el mismo hombre que prendía porros en el Bronx y se emborrachaba en cualquier cantina de mala muerta encandiló a la crítica especializada con su drama teatral Short Eyes y se convirtió en una de las referencias poéticas más importantes para los latinos residentes en el país del tío Sam, entre las décadas del ’70 y ’80. Desde ahí se hizo llamar nüyorican Y dejó en claro que las raíces no se olvidan aunque crezcan en tierra ajena. Por supuesto, he aquí la historia.