Viernes, 10 de setiembre de 2010
 
 
¡AYOBA JOBURG! (*): O todo lo que le puede pasar a un Dedomedio en la ciudad del Mundial, gracias a una cerveza
Recibimos una llamada de la cervecera Brahma con una pregunta a la que era difícil resistirse: “¿Quieren ir a ver los octavos de final del Mundial de Sudáfrica?”. Nuestra respuesta no se hizo esperar: “¿Necesitas que te mandemos una oreja, la cabeza, o basta una fotografía del cadáver?”. –“No, huevas, lo único que tienen que hacer es, primero regresar, y después escribir sobre el viaje”. –“Sale. Lo del muerto te lo ponemos de yapa”. –“Nada de muertos. Solo queremos leer un buen artículo. Nos gusta la revista”. –“Ok. La hacemos. Pero si algún día tienes un problema o quieres sacarte a alguien de en medio, no te preocupes, eso ya está pagado”. - “Tú-tú-tú…”. –“¿Aló?... ¿Aló?...”.
Por: José Villaorduña
– ¿Te gusta? – La señora que minutos antes me había parecido extremadamente amable, soltó la pregunta ya a punto de exasperarse de que yo no cayera en la cuenta de nada.

Frente a ella, la niña, de una piel negrísima y unos hermosos ojos del tamaño de dos pelotas de golf, hizo una mueca parecida a una sonrisa y extravió la mirada en uno de los pasillos del centro comercial. A sus aproximadamente quince años debía haber escuchado la misma propuesta decenas de veces. El trámite simplemente le aburría.

- Si te gusta – dijo la señora, señalando con la cabeza a la niña–, puedes pasar la noche con ella.
El globo henchido de entusiasmo que había sido yo los últimos días se desinfló. Quise pensar que esto tampoco lo había entendido bien. Pero la tristeza que sentía en el estómago era una señal de que el mensaje había sido correctamente decodificado.

Pero creo que me estoy adelantando. Apretemos rewind y pasemos por encima de la tarde en el Nelson Mandela Square, la causa rellena y el aguadito de pollo en Sandton, el Argentina vs. México en el Soccer City, la magia de los ghaneses en duelo con EE.UU., un safari y una bienvenida cervecera. Empecemos apenas unos minutos después de aterrizar en el aeropuerto O.R. Tambo, el aeropuerto de mayor movimiento de África, que ha movilizado este año el equivalente a toda la población del Perú, tras largas ocho horas de vuelo sobre el Atlántico partiendo de Buenos Aires. Y dice así…

Día 1: “Toda la cerveza que puedas tomar” es una cantidad imposible de alcanzar

Joburg, Jozi, JHB o también Igoli (en zulú) son las diferentes formas en que los sudafricanos llaman a la ciudad de Johannesburgo, destino al cual arribamos para ver dos partidos del Mundial de Sudáfrica. Se trata de una de las 40 áreas metropolitanas más grandes del mundo, y “la ciudad más grande que no está situada junto a un río, lago u océano”. Sus 10 millones de árboles hacen de Joburg el bosque creado por el hombre más grande del orbe. Suena muy bien. Pero hay quienes le atribuyen también el título de ser la ciudad más peligrosa entre las peligrosas, aunque al menos durante el Mundial haya cedido posiciones a otros destinos como Ciudad Juárez, Caracas (conocida por el nada seductor nombre de “la capital del asesinato”) y Mogadishu (Somalia).

Pero ese mediodía que llegamos a Johannesburgo estábamos tranquilos. Antes de partir leí que el municipio a donde nos lleva el bus, Sandton, es tal vez, gracias al megaevento futbolístico y al pavor de los sudafricanos ricos por la criminalidad en el antiguo Distrito de Negocios, una de las zonas más seguras del planeta. Y lo fue al menos hasta que el último equipo en competencia se retiró de Sudáfrica. El nuevo Centro de Vigilancia CCTV de Johannesburgo, instalado con ocasión de la cita ecuménica, demostró de inmediato su efectividad (y urgencia): durante la etapa de pruebas, se logró atrapar en menos de siete segundos a un asaltante captado por las cámaras en pleno faenón, y lo mismo con un delincuente que incrustó una botella rota en el abdomen de un transeúnte. Si te matan en Joburg, al menos sabes que el delito no quedará impune (y hasta podría ser visto por Youtube).

Nos alojaron en el Hotel Balalaika, en el epicentro financiero y comercial de Sandton. El hotel está integrado a un centro comercial, el Village Walk Shopping Center: puedes pasar de la sala de estar del hotel al mall sin poner un pie en la calle. Exacto, la idea es ésa: si tienes la sospecha de que las múltiples cámaras de seguridad en el exterior y la rapidez de la policía no te harán menos dolorosa la experiencia de tener una botella metida en la barriga, puedes ir y venir del Balalaika al Village Walk sin necesidad de usar bloqueador ni ponerte un abrigo.

Se trata de un hotel de cuatro estrellas, y para qué más. Dentro nos esperaba algo que al menos desde el punto de vista sensorial, podría ser el escenario de un aviso para promocionar el paraíso (o el infierno si el diablo fuese más marketero): el hospitality room de Brahma, Quilmes y Budweiser, sponsors del Mundial. Nada del otro mundo: hermosas anfitrionas en tres turnos por día, snacks y comida ilimitados, y sobre todo, toda el agua, toda la gaseosa y toda la cerveza que puedas beber, a la temperatura perfecta, las 24 horas del día. Acabados de llegar, no parecía mala idea poner a prueba esta última oferta. Al final del día dos conclusiones: elevadas cantidades de cerveza son muy fáciles de metabolizar siempre que los servicios higiénicos estén cerca. Eso hace que, alternando adecuadamente bebida, comida y evacuación, el límite de tu capacidad sea algo difícil de testear.

Día 2: En Sudáfrica no existe el pecado de la carne

El desayuno tradicional sudafricano no sería tal si no incluyese los boerewors o “salchicha granjera” en afrikáans. Es un descendiente directo del verse worst, salchicha fresca holandesa que fue llevada al continente por los colonos asentados en el Cabo de Buena Esperanza. El bufet del hotel incluye algunas variedades de este embutido de cerdo o ternera, huevos cocidos, frejoles, tocino, chorizos, albóndigas, y un guiso que se convirtió en mi favorito durante mi estadía: la lengua de buey guisada y acompañada con frejoles dulces. En Sudáfrica se come carne y carne. En abundancia.

Pero esta ingesta grasa y proteica no es gratuita. Esa mañana teníamos programado un safari, para reencontrarnos con nuestro ser primitivo y salvaje, enfrentarnos a la naturaleza, hombre contra bestia, tool-time: grrr, grrr, etc. Tal vez tengamos la suerte de enfrentarnos a los “cinco grandes de Sudáfrica”: el león, el leopardo, el búfalo, el rinoceronte y el elefante, las piezas de caza más preciadas. Pero “safari” es como se llama localmente a una visita al zoológico. Un zoológico inmenso, con los animales viviendo libremente y donde el riesgo de ser atacado por una bestia harta de los flashes de las cámaras no está eliminado del todo.

Antes paramos un momento en Chameleon Village, un mercadillo de artesanías a donde los turistas van para ser estafados por la verborragia y talento de comerciantes zulúes. La mecánica de compra-venta es más o menos como sigue: tu victimario te saludará de manera efusiva, preguntará de dónde vienes y se alegrará de saber que vienes de Perú aunque nunca antes haya oído de la existencia de nuestro país. Luego pondrá una serie de chucherías sobre tus manos, no las que tú escojas, sino las que él haya decidido venderte. Ya más en confianza (la que quedará en evidencia porque bajará el tono de voz para que solo tú lo escuches) te dirá que necesita el dinero, que debe alimentar a su familia, y que por lo tanto, los 140 Rands (unos $20) que te pide por una vuvuzela o una piedra atada con una pita, es un precio bastante justo. Este es en realidad el episodio más riesgoso del día de safari, ya que el vendedor se revelará como un verdadero guerrero zulú que le ha puesto el ojo a tu dotación de Rands o dólares. No estaría de más vigilar tus bolsillos durante el proceso.

Los safaris en Jozi son la principal atracción turística, gracias a las amplias llanuras que rodean la ciudad. No es difícil imaginar a los colonos holandeses asentados en el sur de África a mediados del siglo XVII y más tarde empujados por la presencia británica a buscar nuevos territorios hacia el norte y el este a mitad del XIX (proceso conocido como El Gran Trek). Conocidos como Boers o afrikáners, los colonos adoptaron pronto parte de la dieta local, constituida principalmente por carne de caza, pero le agregaron las recetas que traían del viejo continente sobre cómo elaborar carne seca. Toda esta explicación busca darle sentido al gusto que tienen los sudafricanos por los droewors (“salchicha seca” en afrikáans, parecida a un cabanosi pero más duro) y el biltong (especie de cecina parecida a una suela de zapato cortada en tiras y que sabe como debe saber una suela de zapatos hecha tiras) que se venden como si fuesen papitas o chisitos, y son, de hecho, los snacks más populares en el país.

Esa tarde almorzamos en el hotel donde estaba hospedada la selección de EE.UU. (nuevamente, mucha carne y mucha cerveza). Y como en el chiste de Maradona, Tim Howard, el arquero gringo, nos habló. Sí, nos dijo que no lo jodamos con las cámaras. Por eso no nos dio pena que los ghaneses le metieran dos golazos en tiempo extra.

Nos contagiamos de la alegría de los africanos. Un hombre de piel negra ya entrado en años, que llevaba una bandera de Ghana sobre los hombros y a quien apodamos “Taladro”, se acercó a recibir nuestras felicitaciones mientras gritaba: “¡Esto es muy bueno para África! ¡Necesitábamos este triunfo!”. He visto muchos espectáculos en vivo, he visto a personas ganar premios, y he visto risas desatadas por un chiste contado de manera espontánea, pero no recuerdo gente más feliz que las que vimos celebrando en el Royal Bafokeng Stadium, de Rustemberg esa noche.

Día 3: extremos africanos

No hay visita a Sudáfrica que se respete, que pueda evitar un paseo por Orlando West en Soweto, el barrio de Nelson Mandela y Desmond Tutu (já, no lo sabías, pero es otro premio Nobel, galardonado antes incluso que Morgan Freeman, perdón, que Mandela). Los orígenes de la ciudad se pueden rastrear hasta poco después del descubrimiento de yacimientos de oro en Johannesburgo, hacia 1886, cuando los pobladores negros comenzaron a ser acomodados en barracas a las afueras de Joburg para que puedan servir a los intereses de los colonos blancos (básicamente como peones) pero sin demasiada cercanía a los barrios ricos. Y en 124 años, muchas cosas han cambiado. Por ejemplo, hoy la gente se desplaza en autos y los transeúntes usan teléfonos celulares.

El bus que nos lleva a conocer uno de los dos mayores atractivos turísticos de la ciudad (la vieja casa del premio Nobel de 1993, convertida en museo) no puede evitar pasar por algunas shanty towns (chabolas o pueblos jóvenes) que no tienen nada que envidiarle a las invasiones promovidas por el aprista Germán Cárdenas por estos lares. O tal vez sí, porque dados los niveles a los que puede llegar el lujo y la ostentación en otros distritos como Sandton, la pobreza de Soweto se antoja más dramática y penosa, hasta parece chiste fácil.

El turismo ha revitalizado las cuadras alrededor del Museo Nacional Nelson Mandela, gracias a objetos curiosos que pertenecieron al viejo ex presidente, como una pequeña cama matrimonial sobre la que solo habría sido posible aplicar un par de aburridas poses sexuales, o la tapa de un tacho de basura. La residencia es tan reducida en espacio, que los grupos de turistas son partidos en dos o tres subgrupos para que puedan recorrerla por turnos.

Almorzamos en un restaurante de comida típica: arroz, una especie de cau-cau de color plomizo, pollo frito, carne guisada, ensalada y qué creen: cerveza, muuuuuucha cerveza.
De regreso al hotel dormimos la mona pero solo unos minutos, porque debemos partir hacia el otro gran atractivo turístico de Johannesburgo: el estadio conocido como Soccer City o simplemente “La Calabaza”. Antes nos detenemos una hora en el Fan Fest de Quilmes, donde cientos (quizás un millar) de fanáticos argentinos hacían los previos para el partido entre su selección y la de México.

Tras el impacto que produce la visión de la espectacularidad del estadio, nos esperaba otra sorpresa: el Hospitality Room que Brahma había preparado para sus invitados. Qué les puedo decir, solo era más de lo mismo: un buffet pantagruélico, litros inacabables de whisky, vino sudafricano (muy bueno, por cierto) y claro, más cerveza dispuesta a testear la capacidad de nuestros riñones. Ah, y bueno, unas anfitrioncillas que únicamente podían exhibir sus hermosas melenas rubias y morenas, sus estilizadas figuras enfundadas en microvestidos ajustados y que provocaban una extraña y excesiva secreción salival en los convidados. Nada del otro jueves.

A estas alturas ya debería haber mencionado que Rogger Agurto, Rafael Vega, Julio César Dioses, Sebastián Guillén, José Luis Rengifo, Martín Govea, Alejandro Contreras, Alejandro Mancilla, Fernando Tovar, Alex Von Ehren y este servidor fueron los “casi nada” afortunados peruanos que disfrutamos de la hospitalidad de Brahma.
Del partido habrán hablado ya bastante los medios deportivos y los aficionados. Yo solo agregaré que pude comprobar la existencia de la secta de los Maradonianos, cuya devoción se extiende a todo el que llevara puesta una camiseta albiceleste, sea de la nacionalidad que sea.

Al final del día me quedó una pregunta de borracho que parecía plantear un desafío a las ciencias físicas: ¿será posible que gran parte de los 90,000 espectadores que acudieron esa noche a ver el partido en el Soccer City hayan pasado también durante su estadía por la ínfima casita de Nelson Mandela?

Día 4: ¿Qué haces cuando te provoca una causa en Johannesburgo?

Nos es para nada una crítica a nuestros amabilísimos anfitriones, pero después de poco más de tres días de andar para arriba y para abajo en asientos de viajero (en avión y en buses turísticos), resultó reconfortante tener un día completamente libre.
Ese día teníamos una cita para almorzar en casa de Augusto Palacios, gracias a los buenos oficios de Kathya Davis, peruana afincada en Johannesburgo, fan de Dedomedio y sobrina del ex jugador del Municipal y actual entrenador de fútbol del Orlando Pirates (uno de los equipos grandes sudafricanos).
Augusto es una celebridad en Joburg, al igual que su hijo, aunque en áreas algo distintas. El padre es una especie de funcionario ad honorem del consulado peruano en Sudáfrica: está atento a la llegada de todo compatriota a la tierra de los nobel de la Paz, su casa es punto de encuentro de la comunidad peruana, y su esposa se encarga de que nadie extrañe demasiado al Perú en ese remoto país.
El menú fue toda una sorpresa y a la vez un respiro en la orgía carnívora que había sido hasta ese momento nuestra estadía. Causa y aguadito de pollo. Sí incrédulo lector: puré de papas sazonado con ají amarillo y relleno con pollo, palta y mayonesa; y el soperón de arroz, pollo, culantro y pimientos. No pude evitar sacar la cámara fotográfica antes de meterle diente a los platos: además de lo buenaza que estaba la comida, tiene mérito superlativo el replicar esos platos tan peruanos cuando se está a miles de miles de kilómetros de la tierra natal. Un episodio imborrable.

Día 5: el negocio de la carne

En el último día de nuestra estadía, la opción ineludible era el Nelson Mandela Square, mall renombrado así por ser el lugar donde el nobel de la paz dio su primer discurso de toma de posesión como presidente de Sudáfrica. Y tal vez también por la súper estatua de seis metros que muestra a un Mandela aparentemente bailando un ritmo ochentero (¿será acaso una de Stevie Wonder o Nelson le irá a The Cure?).
Sandton (¿ya se dijo?) es un distrito de primer mundo, sumamente rico y apacible, en el que uno puede olvidarse (casi) de los problemas del mundo, y pensar que el mayor dilema de las personas radica en decidirse entre ir al centro comercial o salir de safari.
Para un almuerzo veloz, decidimos pasar por alto el ubicuo McDonalds y elegimos unas hamburguesas del Steers, cadena sudafricana de comida rápida que se caracteriza porque sus papas fritas son igualitas a las de “La Tía Veneno” del cercado de Lima.
Imposible no visitar un comercio de diamantes en Sudáfrica y preguntar a los dueños cómo hacen para saber que lo que venden no son diamantes de sangre. Inmediatamente nos responden con documentos que, aseguran, prueban la legitimidad de su mercadería. Cientos de turistas y de lugareños privilegiados pasean por el centro comercial, compran y se asombran como nosotros con el precio de las vuvuzelas en las elegantes tiendas del NMS: 200 rands, aproximadamente $50. Pero aún así, agotan los stocks de cornetas de plástico, gorras, tazas, polos, y peluches del Mundial, compran baratijas de diseñador, eligen botellas de vinos cada vez más afamados, y dejan sus dólares en este continente que, desde estas específicas coordenadas del planeta, parece estar acostumbrado a la riqueza.
Y es entonces que aparece una pareja que, distraídamente identifico como madre e hija. La madre me pregunta de dónde soy, si he venido por el mundial de fútbol, y bueno, de pasada, si me gusta su hija.
– ¿Te gusta? ¬– insiste cuando al parecer yo solo estoy interesado en hablar de un país que le debe sonar a nada.

Así me entero, con mal disimulada sorpresa, de que ambas son de Nigeria, que han venido a Sudáfrica por “negocios” relacionados con el Mundial de Fútbol pero que no involucran ningún duelo deportivo, que la mercancía de la que esperan obtener buenos dólares a lo largo de su estadía mundialista es esa niña de aproximadamente quince años, de una piel negrísima y unos hermosos ojos cuyo tamaño solo puedo comparar con dos pelotas de golf.

Observo el café y el vaso de gaseosa que reposan en la mesa que está entre estas dos mujeres, e intuyo que el café está frío y que la gaseosa no tiene gas. Son solamente pretextos para justificar su búsqueda en el centro comercial, y muy probablemente un lujo al que la madre debe considerar una inversión. Me escapo con un exceso de explicaciones sobre el poco tiempo que tengo, y dejo a la niña nigeriana en las manos poco protectoras de su madre.
Tarde en la noche vamos a Latinova, la discoteca de Augusto Palacios Jr., la otra celebridad peruana que ha escogido el rubro del entretenimiento para arrancarle el éxito a Sudáfrica. Es uno de los dos mejores clubes nocturnos de Johannesburgo, y el cierre final de nuestra visita. Nuestro anfitrión nos cuenta de las estrellas de fútbol, artistas y hombres de negocio que han visitado Latinova. Una proyección sobre una de las paredes muestra a las más exclusivas modelos sudafricanas desfilando lencería sobre lo que ahora es una pista de baile. La exhausta comitiva que conformamos apura algunas cervezas pues en unas horas debemos partir al aeropuerto. Buena música y mujeres hermosas, con nuestro nuevo y exitoso amigo peruano, son tal vez el remate perfecto para nuestro viaje. “Acá el que quiere puede hacer dinero, solo es cuestión de trabajar mucho”, comenta sentencioso Agusto Jr. Y yo no puedo evitar pensar en que ese debe ser el eslogan que, como un mantra, repite una y otra vez una madre nigeriana a su hija adolescente.

(*) Joburg sorprendente



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